A mis perturbadoras lecturas de chico,
con mamá planchando, ahí cerca,
en ese hueco imprevisible de la tarde,
entre la vuelta del colegio
y el Hi-yo, Silver! del Llanero Solitario.
I.

Imaginen a Borges, absorto en la penumbra,
frente al casi intolerable fulgor del Aleph.
Imaginen los últimos instantes de Shelley,
braceando desesperado en medio de la tempestad.
Imaginen a Odette, espléndida, tocada de mantilla,
en traje de terciopelo negro.
Imaginen cómo en el jardín, lleno de silencio,
rompe de pronto el chiar de las rápidas golondrinas.
Imaginen a Orlando, enamorado, loco de celos,
perdida la razón por la bella Angélica.
Imaginen a la Liebre de Marzo y al Sombrerero
tomando el té; entre ellos al Lirón,
y en la cabecera, como un hada, a Alicia.
Imaginen a Bandeira en Pasárgada, yendo feliz
en bicicleta a orillas del río.
Imaginen ecos, sueños de melancolía que se detienen,
que vacilan en las gargantas como un agua dulce.
Imaginen a Scrooge, a Gatsby, a Holmes, a Guillermo Tell.
Imaginen el Puente de Shylock en pleno carnaval.
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En la foto: "El funeral de Shelley", óleo de Louis E. Fournier, 1889.
III.

Imaginen a Emma a caballo, encantadora, erguida,
algo encarnada a causa del aire.
Imaginen al Rufián Melancólico, vestido de gris,
renegrida onda de cabellos soslayándole la frente,
botines de caña clara.
Imaginen la luna brillante en Lu-men,
abriéndose paso a través de la niebla del bosque.
Imaginen al gigante Gargantúa, inaudito a contrasol,
viajando en su nube hacia Inglaterra.
Imaginen los rostros encendidos de Calisto y Melibea,
víctimas de la desesperación y el desaliento.
Imaginen a las tres brujas de Macbeth, delirantes
-bello es feo y feo es bello, flota en bruma y aire espeso-,
abriendo la tragedia, entre truenos y relámpagos.
Imaginen a Argan -enfermo de aprensión- en su alcoba,
chequeando la abultada cuenta del boticario.
Imaginen a Mercurio, a Tebaldo, a Romeo y a Julieta.
Imaginen integrar un coro en Nemea
y a cielo abierto dedicar un poema a Zeus.
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En la foto: Gustave Flaubert.
IV.

Imaginen la risa chillona de Olga Kirillovna;
su cuerpo rubio y seco, el rostro pecoso.
Imaginen a Juntacadáveres, lo antiburgués en dos patas:
un símbolo, algo verdadero, concreto, un pasado.
Imaginen el vestido blanco con lazos de color de rosa
con el que Carlota se le aparece al joven Werther.
Imaginen cabalgar sobre la lava hacia Kiolo, y nadar
y pescar y dormir sobre la cálida arena bajo las palmeras.
Imaginen al introvertido y soñador Virgilio,
perdiéndose abstraído en un pastizal de su Arcadia.
Imaginen la lenta, olorosa, redonda flor de la maravilla.
Imaginen los espíritus disolviéndose en la niebla,
y a Mefistófeles cargando a Fausto sobre sus hombros.
Imaginen a la princesa, tan triste,
los suspiros escapando de su boca de fresa,
perdida la risa, perdido el color.
Imaginen dos figuras en la densa luz violeta,
que es noche, que la luna resplandece.
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Se reproduce: “Vorlesung aus Goethes Werther“, óleo de Wilhelm Amberg.
VI.

Imaginen la extrañeza del tal Samsa
tras despertar de un sueño intranquilo y descubrirse
convertido en un insecto espantoso.
Imaginen a Max Jacob leyéndole Verlaine a Picasso,
mientras el resto de los españoles duerme a su alrededor
sobre el piso destartalado del Bateau-lavoir.
Imaginen a Pedro Páramo golpeando seco contra la tierra,
desparramándose como un montón de piedras.
Imaginen a Julien, aniquilado de amor y de dolor;
para el que toda palabra es pobre para expresar
la intensidad desatinada de su admiración hacia Mathilde.
Imaginen a esos diez en el palacete, contándose historias
a la espera de que pase la peste negra.
Imaginen a Moreira, conteniendo los bríos de su animal,
dándole resuellos largos cada dos leguas, acompañándolo,
para poder bajarle la rienda con confianza.
Imaginen el collar de oro, de tres vueltas de perlas nobles,
que él encuentra bajo la almohada de la joven asesinada.
Imaginen a Swann, a Ivanhoe, a la Celestina,
a Antígona, a Jean Valjean, a Estragon y Vladimiro.
Imaginen Camelot, Tlön, Macondo, Fuenteovejuna.
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En la foto: Paul Marie Verlaine
VIII.

Imaginen a Adán Buenosayres, caviloso y triste,
acariciando los árboles, deseoso de sorprender
algún latido bajo la húmeda corteza.
Imaginen al califa Harún Al-Raschid dando vueltas
y vueltas en su lecho sin lograr conciliar el sueño.
Imaginen el abanico de lady Windermer
sobre la mesita de té, y a ella arreglando unas rosas
mientras conversa con Lord Darlington.
Imaginen, entre las plumas, a esa bola viscosa
que a lo largo de cinco noches vació a su víctima.
Imaginen el Caos, lugar de extrañas tinieblas,
y a Satanás, con sus ángeles ya sumidos en el infierno,
-paraíso perdido-; un mundo sin cielo ni tierra.
Imaginen a Melicia, al rey Perión, al Doncel del mar.
Imaginen la lámpara-tempestad, en casa de Yves Tanguy,
a la que se entra sólo por la noche.
Imaginen a Chuang Tzu, sobre una rama de cerezo,
las alas trémulas, soñando ser un hombre.
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En la foto: Oscar Wilde
X.

Imaginen al desventurado engendro de Frankenstein,
extendiendo su mano bajo la pálida luz de la luna.
Imaginen a Mrs. Dalloway, esplendorosa
en su exquisita cordialidad, en su perfecta soltura al pasar;
con el aire de un ser flotando en su elemento.
Imaginen a esas dos hermanas italianas, enamoradas;
mientras una lo abraza la otra lo acuchilla por la espalda.
Imaginen todos esos relatos camino a Canterbury.
Imaginen a cada galán y a cada dama, a cada gracioso
y a cada criada, a cada rey y a cada noble del gran Lope.
Imaginen a Naná, perdiéndose en brazos del amor
frente a la perturbadora oscuridad, mientras la casa duerme.
Imaginen a esas chicas de Flores, de la mano
al atardecer, los ojos dulces como las almendras azucaradas
de la Confitería del Molino.
Imaginen a Vincent describiéndole a Theo los bellos olivos,
un follaje de plata vieja verdeando contra el azul.
Imaginen a Beatriz, ante la que toda lengua enmudece
y de mirarla los ojos no se cansan.
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Se reproduce: "El arbol", óleo de Vincent Van Gogh.
XIII.

Imaginen el ojo del jorobado, pleno de ternura,
de dolor y compasión, súbitamente lleno de furia.
Imaginen a la matrona de Éfeso, de extrema belleza,
llorando sin consuelo en medio de la cripta despiadada.
Imaginen la sombra grotesca de la Sra.Wakefield,
que alegre danza contra el cieloraso
mientras suben y bajan las llamaradas del hogar.
Imaginen que es primavera, y al hombrecito de los globos,
que tiene pies de piña y que silba, lejos y pequeñito.
Imaginen a Medea, en momentos de su feroz venganza,
bajando la espada sobre sus hijos.
Imaginen los cohetes relampagueantes de Bradbury,
envueltos en rosadas flores de humo,
al posarse, como langostas, sobre la superficie marciana.
Imaginen abrazar la fina cintura de Marguerite Gautier
y sentir el peso lánguido de su leyenda.
Imaginen a Yocasta, a Creonte, a Edipo y a Tebas.
Imaginen que llegue la muerte y tenga nuestros ojos,
y que estos no sean más una palabra inútil, un grito callado;
y que mudos descendamos al abismo.
Imaginen a Molly, a Stephen, a Bloom.
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En imagen: James Joyce fotografiado por Berenice Abbott, 1926.
XV.

Imaginen a Miss Harriet al borde del acantilado,
su mirada apasionada y su desmesura;
su deseo de abrazar el cielo, el mar, todo el horizonte.
Imaginen el grito de los murciélagos al anochecer
y a través del ramaje negro unas campanas lastimeras.
Imaginen a D'Artagnan en la sexta taberna,
acodado en el ángulo más oscuro, esperando el día
en medio de juramentos, burlas e injurias.
Imaginen al Quijote y a su fiel Rocinante
rodando, tras ser repelidos por el desaforado armatoste.
Imaginen a Val, huyendo hacia el mar junto a su padre,
el rey Aguar de Thule, víctima de la traición de Sligon.
Imaginen a Fierro y a Cruz en esa madrugada clara,
entrándose en el desierto: si los habrán muerto no se sabe.
Imaginen el fondo del pozo, las ratas enormes,
la lentísima sombra del péndulo.
Imaginen a Jekill, a Manon Lescaut, a Tartufo.
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Se reproduce: "El Príncipe Valiente junto al lecho de
Morgan le Fay", texto e ilustraciones de Hal foster, 1940.
XVIII.

Imaginen un bello amanecer en Tomis, y a Ovidio
extasiado en su terraza.
Imaginen a Daisy Miller, como una sílfide indolente,
paseándose bajo la cálida luz de las estrellas.
Imaginen un peñasco, un surco en embudo, el vuelo
negro de un cuervo, una tapa sobre el mundo.
Imaginen a la doncella de Orleans vistiendo sus armas,
empuñando la blanca bandera, veloz como un relámpago.
Imaginen el aire de ese mediodía que era como un desmayo.
Imaginen a Sandokan en el puente -jubón de paño rojo,
pantalón y turbante blancos, zapatos de punta vuelta-,
sobre las tempestuosas aguas del golfo de Sarawak.
Imaginen a Montale frente a la casa de los aduaneros,
sobre la altura a plomo de la escollera.
Imaginen al Campeador, conquistador de Valencia,
héroe del Cantar castellano, tan valiente y tierno.
Imaginen que un día, como a Flaubert, la vida
se les haga insoportable.
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En la foto: el poeta Giuseppe Ungaretti.
XX.

Imaginen ir trepando la tormenta, a través de páramos
y barrizales, hasta llegar a Cumbres Borrascosas.
Imaginen al viejo Hank, leyendo a Dostoievsky
en una pequeña biblioteca de El paso,
tras pasar la noche a la intemperie en un banco de plaza.
Imaginen a Aladino, en traje de seda rayada y reluciente;
bello el turbante, cinturón de Indias y botas rojas.
Imaginen a aquel monje de Tai-Pei, flotando,
lento en el aire, como un perfume.
Imaginen esa niña de Juanele, que va de pana azul
entre las campanillas, al pesar ya dulcemente la mañana.
Imaginen a Tom Sawyer frente al rey y el duque
embadurnados de alquitrán y plumas,
convertidos en una suerte de desquiciados plumeros.
Imaginen a Michael Furey bajo la lluvia, cantando
La doncella de Aughrim, tiritando de frío.
Imaginen la silueta imponente del castillo del vampiro.
Imaginen a Ajab, a Starbuck, a Moby Dick.
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Se reproduce: ilustración para "Moby-Dick" de Herman Melville.
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