
Imaginen ir trepando la tormenta, a través de páramos
y barrizales, hasta llegar a Cumbres Borrascosas.
Imaginen al viejo Hank, leyendo a Dostoievsky
en una pequeña biblioteca de El paso,
tras pasar la noche a la intemperie en un banco de plaza.
Imaginen a Aladino, en traje de seda rayada y reluciente;
bello el turbante, cinturón de Indias y botas rojas.
Imaginen a aquel monje de Tai-Pei, flotando,
lento en el aire, como un perfume.
Imaginen esa niña de Juanele, que va de pana azul
entre las campanillas, al pesar ya dulcemente la mañana.
Imaginen a Tom Sawyer frente al rey y el duque
embadurnados de alquitrán y plumas,
convertidos en una suerte de desquiciados plumeros.
Imaginen a Michael Furey bajo la lluvia, cantando
La doncella de Aughrim, tiritando de frío.
Imaginen la silueta imponente del castillo del vampiro.
Imaginen a Ajab, a Starbuck, a Moby Dick.
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Se reproduce: ilustración para "Moby-Dick" de Herman Melville.
