
Imaginen un bello amanecer en Tomis, y a Ovidio
extasiado en su terraza.
Imaginen a Daisy Miller, como una sílfide indolente,
paseándose bajo la cálida luz de las estrellas.
Imaginen un peñasco, un surco en embudo, el vuelo
negro de un cuervo, una tapa sobre el mundo.
Imaginen a la doncella de Orleans vistiendo sus armas,
empuñando la blanca bandera, veloz como un relámpago.
Imaginen el aire de ese mediodía que era como un desmayo.
Imaginen a Sandokan en el puente -jubón de paño rojo,
pantalón y turbante blancos, zapatos de punta vuelta-,
sobre las tempestuosas aguas del golfo de Sarawak.
Imaginen a Montale frente a la casa de los aduaneros,
sobre la altura a plomo de la escollera.
Imaginen al Campeador, conquistador de Valencia,
héroe del Cantar castellano, tan valiente y tierno.
Imaginen que un día, como a Flaubert, la vida
se les haga insoportable.
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En la foto: el poeta Giuseppe Ungaretti.
