III.


Imaginen a Emma a caballo, encantadora, erguida,
algo encarnada a causa del aire.

Imaginen al Rufián Melancólico, vestido de gris,
renegrida onda de cabellos soslayándole la frente,
botines de caña clara.

Imaginen la luna brillante en Lu-men,
abriéndose paso a través de la niebla del bosque.

Imaginen al gigante Gargantúa, inaudito a contrasol,
viajando en su nube hacia Inglaterra.

Imaginen los rostros encendidos de Calisto y Melibea,
víctimas de la desesperación y el desaliento.

Imaginen a las tres brujas de Macbeth, delirantes
-bello es feo y feo es bello, flota en bruma y aire espeso-,
abriendo la tragedia, entre truenos y relámpagos.

Imaginen a Argan -enfermo de aprensión- en su alcoba,
chequeando la abultada cuenta del boticario.

Imaginen a Mercurio, a Tebaldo, a Romeo y a Julieta.

Imaginen integrar un coro en Nemea
y a cielo abierto dedicar un poema a Zeus.

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En la foto: Gustave Flaubert.