I.


Imaginen a Borges, absorto en la penumbra,
frente al casi intolerable fulgor del Aleph.

Imaginen los últimos instantes de Shelley,
braceando desesperado en medio de la tempestad.

Imaginen a Odette, espléndida, tocada de mantilla,
en traje de terciopelo negro.

Imaginen cómo en el jardín, lleno de silencio,
rompe de pronto el chiar de las rápidas golondrinas.

Imaginen a Orlando, enamorado, loco de celos,
perdida la razón por la bella Angélica.

Imaginen a la Liebre de Marzo y al Sombrerero
tomando el té; entre ellos al Lirón,
y en la cabecera, como un hada, a Alicia.

Imaginen a Bandeira en Pasárgada, yendo feliz
en bicicleta a orillas del río.

Imaginen ecos, sueños de melancolía que se detienen,
que vacilan en las gargantas como un agua dulce.

Imaginen a Scrooge, a Gatsby, a Holmes, a Guillermo Tell.

Imaginen el Puente de Shylock en pleno carnaval.

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En la foto: "El funeral de Shelley", óleo de Louis E. Fournier, 1889.