
Imaginen la extrañeza del tal Samsa
tras despertar de un sueño intranquilo y descubrirse
convertido en un insecto espantoso.
Imaginen a Max Jacob leyéndole Verlaine a Picasso,
mientras el resto de los españoles duerme a su alrededor
sobre el piso destartalado del Bateau-lavoir.
Imaginen a Pedro Páramo golpeando seco contra la tierra,
desparramándose como un montón de piedras.
Imaginen a Julien, aniquilado de amor y de dolor;
para el que toda palabra es pobre para expresar
la intensidad desatinada de su admiración hacia Mathilde.
Imaginen a esos diez en el palacete, contándose historias
a la espera de que pase la peste negra.
Imaginen a Moreira, conteniendo los bríos de su animal,
dándole resuellos largos cada dos leguas, acompañándolo,
para poder bajarle la rienda con confianza.
Imaginen el collar de oro, de tres vueltas de perlas nobles,
que él encuentra bajo la almohada de la joven asesinada.
Imaginen a Swann, a Ivanhoe, a la Celestina,
a Antígona, a Jean Valjean, a Estragon y Vladimiro.
Imaginen Camelot, Tlön, Macondo, Fuenteovejuna.
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En la foto: Paul Marie Verlaine
