VIII.


Imaginen a Adán Buenosayres, caviloso y triste,
acariciando los árboles, deseoso de sorprender
algún latido bajo la húmeda corteza.

Imaginen al califa Harún Al-Raschid dando vueltas
y vueltas en su lecho sin lograr conciliar el sueño.

Imaginen el abanico de lady Windermer
sobre la mesita de té, y a ella arreglando unas rosas
mientras conversa con Lord Darlington.

Imaginen, entre las plumas, a esa bola viscosa
que a lo largo de cinco noches vació a su víctima.

Imaginen el Caos, lugar de extrañas tinieblas,
y a Satanás, con sus ángeles ya sumidos en el infierno,
-paraíso perdido-; un mundo sin cielo ni tierra.

Imaginen a Melicia, al rey Perión, al Doncel del mar.

Imaginen la lámpara-tempestad, en casa de Yves Tanguy,
a la que se entra sólo por la noche.

Imaginen a Chuang Tzu, sobre una rama de cerezo,
las alas trémulas, soñando ser un hombre.

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En la foto: Oscar Wilde